Dios nos creó para amarlo en esta vida y disfrutar después de Él en la otra; pero nosotros, ingratos, nos rebelamos con el pecado y le negamos la obediencia, por lo que fuimos privados de la divina gracia, arrojados del paraíso y además condenados a las penas eternas del infierno. Henos, pues, ya todos perdidos. Pero este Dios, movido a compasión de nosotros, resolvió enviar a la tierra un Redentor que reparase tanta ruina. Y ¿quien será este Redentor? ¿Un ángel o un serafín? No; para patentizarnos Dios su inmenso amor, nos envió a su mismo Hijo; Dios envió a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado. Envió a su Unigénito a revestirse de la misma Carne que teníamos los pecadores, excepción hecha del pecado, y dispuso que Él, con sus penas y muerte, satisficiese a la divina justicia por nuestros delitos, librándonos así de la muerte eterna y haciéndonos dignos de la gloria perdurable. Gracias, Dios mío, en nombre de todos los hombres, pues si no hubieras pensado en mi salvación, todos los hombres nos hubiéramos perdido para siempre. Considera aquí el amor infinito que Dios nos mostró en esta gran obra de la encarnación del Verbo, disponiendo que su Hijo sacrificase la vida a manos de verdugos en la cruz, en medio de un mar de dolores e ignominias, para alcanzarnos el perdón y la salvación eterna. ¡Oh bondad infinita! ¡Oh misericordia infinita! ¡Oh amor infinito! ¡Un Dios hacerse hombre y venir a morir por nosotros, gusanillos! ¡Ah, Salvador mío!, dadme a conocer cuánto me habéis amado, para que a vista de vuestro amor reconozca mi ingratitud. Vos con vuestra muerte me librasteis de la perdición, y yo, ingrato, os he vuelto las espaldas para perderme de nuevo. Me arrepiento sinceramente de haberos hecho tamaña injuria. Perdonadme, Salvador mío, y preservadme en lo futuro del pecado; no permitas que vuelva a perder vuestra gracia. Os amo, querido Jesús mío, pues sois mi esperanza y mi amor.- ¡Oh María, Madre de este excelso Hijo, encomendadle mi alma!
San Alfonso María de Ligorio, "Meditaciones fe Adviento" (Meditación 1)
Hemos escuchado a Isaías tratando de persuadir al rey Acaz para pedirle una señal, de parte del Señor, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo. Escuchamos también su respuesta insincera, bajo capa de piedad. Por este motivo se atrajo la reprobación de aquel que escruta el corazón y descubre las intenciones del hombre. Responde Acaz: No pido ninguna señal; no quiero tentar al Señor. Habíase engreído Acaz en la altura de trono real, y era astutamente hábil en su expresividad. El Señor había inspirado a Isaías: "Marcha y di a ese zorro que pida una señal en lo hondo del abismo". Y es que el zorro tiene madriguera. Y, si baja al abismo, encontrará al que sorprende a los taimados en sus astucias. Dice el Señor: "Vete y di a ese pajarraco que pida una señal en lo alto del cielo". El pájaro tiene su nido. Pero, si sube al cielo, allí está el que se enfrenta a los soberbios y pisa con poder los cuellos de los orgullosos y de los altivos. No le interesa buscar una señal del poder sublime o de la incomprensible profundidad. Por eso, el mismo Señor promete una señal de bondad a la casa de David. Para que, al menos, la manifestación del amor atraiga a quienes ni el poder ni la sabiduría atemoriza. Entendemos la expresión en lo profundo del abismo como la caridad personificada. En ningún otro fue tan total. Bajó incluso al abismo muriendo por los amigos. Y en este sentido se manda a Acaz que se estremezca ante la majestad del que reina en lo alto o que se abrace a la caridad del que baja al abismo. El que no piensa en la majestad con temor ni medita en la caridad con amor, se vuelve enojoso a los hombres y a Dios. Por eso, el Señor mismo os dará la señal; en ella va a hacer sensible la majestad y la caridad. Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que se llamará Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. No escapes, Adán, que Dios-está-con-nosotros. Nada te mas, hombre; no te espantes ni siquiera oyendo el nombre de Dios, Dios-está-con-nosotros. Con nosotros, en la semejanza de la carne; con nosotros, en la necesidad. Llegó como uno de nosotros, por nosotros, semejante en todo, capaz de sufrir. Por fin, dice: Comerá requesón y miel. Que equivale: Será niño y tomará alimentos de niño. Hasta que aprenda a rechazar el mal y a escoger el bien. Este bien y este mal que oyes hacen referencia al árbol prohibido, el árbol del delito. Comparte con nosotros mucho mejor que el primer Adán. Escoge el bien y rechaza el mal; no como aquel que amó la maldición, y recayó sobre él, y que no quiso la bendición, quedándose lejos de él. En el texto mencionado: Comerá requesón y miel, podrás darte cuenta de la elección que hace este niño. Que su gracia nos acompañe para que eso que hace lo podamos experimentar dignamente de algún modo también nosotros y expresarlo de una manera accesible a todos. Dos cosas pueden hacerse con la leche de oveja: requesón y queso. El requesón es mantecoso y jugoso; el queso, por el contrario, es seco y consistente. Supo escoger bien nuestro niño, pues al comer el requesón rehusó el queso.; Quién es aquella oveja extraviada que hacía el número cien y dice en el salmo: Me extravié como oveja perdida. Es la raza humana. La busca el pastor compasivo, y deja a las otras noventa y nueve en el monte. Dos cosas hallarás en esta oveja: una naturaleza dulce y una naturaleza buena; tan buena, sin duda, como el requesón. Y, junto a ella, la corrupción del pecado, como el queso.¡Qué bien ha elegido nuestro pequeño! Se abrazó a nuestra naturaleza sin el más mínimo contagio de pecado, pues se lee de los pecadores: tienen el corazón espeso como grasa. La levadura de la maldad y el cuajo de la perversidad tan corrompido en estos corazones la pureza de la leche. Hablando de la abeja, pensamos en la dulzura de la miel y en la punzada del aguijón. La abeja se alimenta de azucenas y habita en la patria florida de los ángeles. Por eso voló hacia la ciudad de Nazaret, que significa flor. Y se llegó hasta la perfumada flor de la virginidad perpetua. En ella se posó. Y se quedó adherida. El que enaltece la misericordia y el Juicio, a ejemplo del Profeta, no ignora la miel ni el aguijón de esta abeja. Sin embargo, al venir a nosotros trajo sólo la miel y no el aguijón; es decir, la misericordia sin el juicio. Por eso, en aquella ocasión en que los discípulos intentaron persuadir al Señor a que lloviera fuego y arrasara la ciudad que se había negado a recibirle, se les replicó que el Hijo del hombre no había venido a condenar al hombre, sino a salvarlo. Nuestra abeja no tiene aguijón. Se ha desprendido de él cuando, entre tantos ultrajes, mostraba la misericordia y no el juicio. Pero no confiéis en la maldad, no abuséis de la confianza. Algún día, nuestra abeja volverá a tomar su aguijón y lo clavará con toda su fuerza en los tuétanos de los pecadores. Porque el Padre no Juzga a nadie, pero ha delegado en el Hijo la potestad de juzgar. Por ahora, nuestro niño se mantiene de requesón y miel desde que unió en sí mismo el bien de la naturaleza humana con e de la divina misericordia, mostrándose hombre verdadero y sin pecado, Dios compasivo y encubridor del juicio. Me parece que con esta expresión queda claro quién es esta vara que brota de la raíz de Jesé y quién es la flor sobre la cual reposa el Espíritu Santo. La Virgen Madre de Dios es la vara; su Hijo, la flor: Flor es el Hijo de la Virgen, flor blanca y sonrosada, elegido entre mil; flor que los ángeles desean contemplar; flor a cuyo perfume reviven los muertos; y, como él mismo testifica, es flor del campo, no de jardín. El campo florece sin intervención humana. Nadie lo siembra, nadie lo cava, nadie lo abona. De la misma manera floreció el seno de la Virgen. Las entrañas de María, sin mancha, íntegras y puras, como prados de eterno verdor, alumbraron esa flor, cuya hermosura no siente la corrupción, ni su gloria se marchita para siempre. ¡Oh Virgen, vara sublime!, en tu ápice enarbolas al santo. Hasta el que está sentado en el trono, hasta el Señor de majestad. Nada extraño, porque las raíces de la humildad se hunden en lo profundo.¡oh planta auténticamente celeste, más preciosa que cualquier otra, superior a todas en santidad!¡Arbol de vida, el único capaz de traer el fruto de salvación! Se han descubierto, serpiente astuta, tus artimañas; tus engaños están a la vista de todos. Dos cosas habías achacado al Creador, una doble infamia de mentira y de envidia. En ambos casos has tenido que reconocerte mentirosa, pues desde el comienzo muere aquel a quien dijiste: No moriréis en absoluto; la verdad del Señor dura por siempre. Y ahora contesta, si puedes: ¿qué frutos de árbol podría provocar la envidia en Dios, que ni siquiera negó al hombre esta vara elegida y su fruto sublime? El que no escatimó a su propio Hijo, ¿cómo es posible que con él no nos regale todo? Ya habéis caído en la cuenta, si no me equivoco, que la Virgen es el camino real que recorre el Salvador hasta nosotros. Sale de su seno, como el esposo de su alcoba. Ya conocemos el camino que, como recordáis, empezamos a buscar en el sermón anterior. Ahora tratemos, queridísimos, de seguir la misma ruta ascendente hasta llegar a aquel que por María descendió hasta nosotros. Lleguemos por la Virgen a la gracia de aquel que por la Virgen vino a nuestra miseria. Llévanos a tu Hijo, dichosa y agraciada, madre de la vida y madre de la salvación. Por ti nos acoja el que por ti se entregó a nosotros. Tu integridad excuse en tu presencia la culpa de nuestra corrupción. Y que tu humildad, tan agradable a Dios, obtenga el perdón de nuestra vanidad. Que tu incalculable caridad sepulte el número incontable de nuestros pecados y que tu fecundidad gloriosa nos otorgue la fecundidad de las buenas obras. Señora mediadora y abogada nuestra, reconcílianos con tu Hijo. Recomiéndanos y preséntanos a tu Hijo. Por la gracia que recibiste, por el privilegio que mereciste y la misericordia que alumbraste, consíguenos que aquel que por ti se dignó participar de nuestra debilidad y miseria, comparta con nosotros, por tu intercesión, su gloria y felicidad. Cristo Jesús, Señor nuestro, que es bendito sobre todas las cosas y por siempre.
Ven, Señor Jesús, es el clamor del pueblo de Dios. Ven, Hijo de Dios, no tarde más, queremos volver. El pasado con el nacimiento de Jesús, el presente caminando al lado del Señor, el futuro la segunda venida de Dios, estemos preparados que ya viene el Salvador. En el pasado está la senda que nos lleva a Dios, en el presente prepararnos con lo que enseñó, en el futuro la alegría de estar con Dios, no nos desanimemos que ya vuelve el Redentor. Tiempo de Adviento, tiempo de reflexionar. Tiempo de esperanza, tiempo de preparación. Tiempo de arrepentimiento y de sanación, tiempo que nos lleva a la segunda Navidad.
Letra y música: Orlando Ponce
Vendrá con gran poder, con fuerte gloria, vendrá a saciar los ojos que le buscan, y al juntar en sus plantas Nube y Tierra, será la Tierra meta de su ruta.
La Tierra para él peana y cielo, morada nueva, huerto sin la tumba, su Tierra patria, Tierra de vivientes, la Tierra prometida, herencia suya.
Vendrá con el fulgor de la sentencia, vendrá con la piedad a quien acuda buscando sólo gracia en su mirada, cubierto con su paz y vestidura.
Vendrá veloz, furtivo y repentino, como el hombre malvado en noche oscura; vendrá como el esposo entre cantares, esperado con lámparas y alcuzas.
Vendrá y será su adviento nuestro cielo, su alegría el final de nuestra lucha; oh Cristo, rompe tú la rebeldía destruye en ti la cólera absoluta.
Oh Cristo, que viniste y que vendrás, Hijo eterno, Señor de gloria suma, acoge con tu gran misericordia y en tu venida reina con ternura. Amén.
Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento. Este apelativo, como el de casi todas las solemnidades, es familiar y conocido en todos los lugares. Sin embargo, no siempre se capta su sentido, pues los desgraciados hijos de Adán se despreocupan de los auténticos y saludables compromisos y van a la zaga de lo caduco y transitorio. ¿A quiénes se parecen los hombres de esta generación? ¿Con quiénes los compararemos, viendo que son incapaces de arrancarse de los consuelos terrenos y sensibles? Se parecen a los náufragos que zozobran en el mar. Fíjate cómo se agarran a lo poco que tienen. No sueltan por nada del mundo lo primero que llega a sus manos, sea lo que sea, aunque no sirva para nada. Son como raíces de grama o algo por el estilo. Si alguien se acerca a ellos para ayudarles, lo atenazan de tal modo que no pueden ni ofrecerles sus auxilios sin menoscabo de su salvación. Así se anegan en este inmenso mar; y perecen, miserables, afanándose en lo caduco y relegando los apoyos firmes, únicos remedios para salir a flote y salvarse. Se dice a propósito de la verdad, no de la vanidad: La conoceréis y os librará. Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha ocultado a sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación. Recapacitad en ellos con suma atención. Enfrascaos en el sentido de este adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es encomiable y sana. La Iglesia universal no celebraría con tanta devoción este Adviento si no contuviera algún gran misterio. Ante todo, fijaos con el Apóstol, estupefacto y atónito, cuán importante es este que viene. Según el testimonio de Gabriel, es el Hijo del Altísimo; y Altísimo él también. No se puede ni pensar que el Hijo de Dios sea una realidad inferior al Padre. Creemos que es idéntico a él en sublimidad y grandeza. ¿Quién ignora que los hijos de príncipes sean príncipes, y reyes los hijos de reyes? ¿A qué se debe que, de las tres personas que creemos, confesamos y adoramos en la soberana Trinidad, venga el Hijo y no el Padre ni el Espíritu Santo? Supongo que tiene que haber algún motivo. Pero ¿quién conoció el designio del Señor? ¿Quién fue su consejero? La venida del Hijo no tuvo lugar sin un previo consejo sublime de la Trinidad. Mas, si consideramos el motivo de nuestro destierro, quizá podamos intuir la conveniencia de que el Hijo nos otorgara la liberación. Aquel lucero, hijo de la aurora, en un intento de usurpar la categoría del Altísimo, incurrió en latrocinio por el hecho de equipararse a Dios, propiedad exclusiva del Hijo. Y al instante cayó precipitado, porque el Padre se celó del Hijo. Parece como si hubiese ejecutado esta sentencia: Mía es la venganza; yo daré lo merecido. En un momento vemos caer a Satanás de lo alto como un rayo. ¿Por qué te enalteces, polvo y ceniza? Si Dios no aguantó a los ángeles soberbios, ¿cuánto menos a ti, pobre y gusano? Aquel lucero nada hizo, nada realizó. Sólo admitió un pensamiento de soberbia. Y en un instante, en un volver de ojos, se hundió sin remedio. Porque, según el Profeta, no se mantuvo en la verdad. Os ruego, hermanos míos, que ahuyentéis la soberbia; ahuyentadla de continuo. La soberbia es la raíz de cualquier pecado. Ella ofuscó al instante, con la eterna tiniebla, al lucero más brillante que todos los astros juntos; y transformó en diablo a quien era ángel, y primero de entre los ángeles. De aquí que, ardiendo de envidia por el hombre, inyectó en él la iniquidad que había concebido en sí mismo. Le persuadió a que, cavando del árbol prohibido, se hiciese como Dios, versado en el bien y en el mal. ¿Qué ofreces, qué prometes, desgraciado, si el Hijo del Altísimo tiene la llave del saber? Aún más, ¿si él es la llave, llave de David, que cierra y nadie es capaz de abrir? En él se esconden todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento; y tú, ¿vas a robarlos perversamente para regalarlos al hombre? Daos cuenta según el dicho del Señor, que éste es el mentiroso y padre de la mentira. Ya fue un mentiroso cuando recapacitó: Me igualaré al Altísimo. Se destacó como padre de la mentira cuando arrojó en el hombre la semilla de su falsedad, diciendo: Seréis romo dioses. Eso mismo eres tú si ves al ladrón y corres con él. Recordad, hermanos, lo que nos ha dicho esta noche Isaías, dirigiéndose al Señor: Tus príncipes son infieles, o desobedientes, según otra versión, y socios de ladrones. Cierto, nuestros príncipes, Adán y Eva, son el germen de nuestra raza, desobedientes y socios de ladrones. Porque, mediante la persuasión de la serpiente, o del diablo a través de la serpiente, intentan robar lo que pertenece al Hijo de Dios. El Padre no aguanta el insulto ocasionado al Hijo, pues el Padre ama al Hijo, y reclama inmediatamente la venganza en el hombre mismo, haciendo pesar su mano sobre nosotros. Hemos pecado en Adán, y en él recibimos todos la sentencia de condenación. ¿Qué va a intentar el Hijo cuando ve al Padre celarse por él y que se niega a perdonar a las criaturas? "He aquí", dice, "que, por causa de mí, el Padre pierde a sus criaturas". El primer ángel buscó con ahínco mi grandeza tuvo un círculo que confió en él. Pero inmediatamente el ce o del Padre se vengó en su persona. Le hirió a él y a todos los suyos con una herida incurable y le infringió un cruel escarmiento. También el hombre quiso arrebatar e saber que me pertenece; y tampoco tuvo compasión ni lástima de él. ¿Acaso Dios se cuida de los bueyes? Había creado tan sólo dos criaturas nobles, dotadas de razón y capaces de felicidad: el ángel y el hombre. Pero por mi causa perdió muchos ángeles y todos los hombres. Por tanto, para que vea que yo amo a mi Padre, haré que él reciba, a través de mí, a los que, en cierto modo, ha perdido por mi causa. Si por mi culpa sobrevino esta tormenta, dice Jonás, cogedme y arrojadme al mar. Todos me tienen envidia. Pero voy a venir y manifestarme de tal modo que quien me envidie y trata de imitarme le sea provechosa esa porfía. Me doy cuenta, sin embargo, que los ángeles desertores han adoptado una actitud de maldad y perversidad. No han pecado por ignorancia y debilidad. Deben perecer, ya que se negaron a hacer penitencia. El amor del Padre y el honor del rey reclaman la Justicia. El designio, pues, de Dios al crear a los hombres es que ocupen los lugares que han quedado vacantes y reconstruyan los muros de Jerusalén. Sabía que ya no era posible abrir un camino de retorno para los ángeles. Conocía la soberbia de Moab, un orgulloso incorregible. La soberbia nunca acepta el remedio de la penitencia ni del perdón. Pero no creó otra criatura que reemplazara al hombre caído. Esto era una señal de que iba a ser redimido. Y si una perversidad ajena a él mismo lo desmoronó, una caridad, también ajena, podría serle útil. Te ruego, Señor: dígnate librarme, que soy débil. Me han sacado de mi país con astucia. Sin hacer mal alguno, me han arrojado aquí, en este calabozo. Reconozco que soy inocente del todo. Pero, si me comparo con mi seductor, me siento, en cieno modo, inocente. La mentira me sobornó, Señor. Que venga la verdad y se descubra la falacia. Que conozca la verdad, y la Verdad me librará; pero de tal modo que reniegue de la mentira descubierta y me adhiera a la Verdad conocida. De lo contrario, ya no sería tentación ni pecado humano, sería obstinación diabólica, pues la perseverancia en el mal es algo diabólico. Y cualquiera que persista, como él, en el pecado, merece idéntico exterminio. Ya sabéis, hermanos, quién es el que viene. Ahora considerad de dónde y a dónde viene. Viene del corazón del Padre al seno de la Virgen Madre. Viene desde el ápice de los cielos a las regiones más profundas de la tierra. ¿Qué ocurre? ¿Hemos de quedarnos para siempre en la tierra? No nos importaría si se quedara él también. ¿Dónde nos encontraríamos bien sin él? ¿Y dónde mal con él? ¿A quién tengo yo en el cielo?, y contigo, ¿qué me importa la tierra? Dios de mi corazón, mi lote perpetuo. Y aunque camine por las sombras de muerte, nada temo si tú estás conmigo. Ahora me doy cuenta que bajas a la tierra e incluso al mismo abismo, pero no como un vencido, sino como libre entre los muertos, como esa luz que brilla en las tinieblas, pero que las tinieblas no la han comprendido. Por eso, ni el alma queda en el abismo ni el cuerpo santo conocerá la corrupción en la tierra. Cristo baja y sube para dar la plenitud al universo. De él se ha escrito: Pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el diablo. Y en otra parte: Salió contento como un héroe a recorrer su camino; su órbita llega de un extremo a otro del cielo. Con razón exclama el Apóstol: Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Sería inútil cualquier intento de levantar nuestros corazones si no nos presenta antes al autor de la salvación en los cielos. Pero fijémonos en lo que sigue. Aunque la materia es abundante, por no decir excesiva, la premura del tiempo no permite largas disertaciones. A quienes consideraban "quién viene" se les dio a conocer la inmensa e inefable majestad. A los que avizoraban "de dónde viene", se les descubrió un largo camino, según aquel testimonio inspirado por el espíritu de profecía: Mirad, el Señor en persona viene de lejos. Y quienes contemplaban "a dónde" venía, se encuentran con un amor infinito e inimaginable: la sublimidad en persona quiere bajar a cárcel tan horrorosa. ¿Podrá alguien ya dudar que este gesto implica una motivación importante? ¿Por qué tan gran majestad, y desde tan lejos, quiso bajar a lugar tan indigno? Cierto, aquí hay algo grande: una inmensa misericordia que rezuma comprensión y una caridad desbordante. Y ¿para qué ha venido? Esto es precisamente lo que ahora debemos inquirir. No es preciso engolfarnos demasiado aquí, estando tan claras las motivaciones de su venida, sus palabras y sus obras. Se lanzó a buscar por los montes a la oveja extraviada, la que hacía el número cien. Y para que libremente alaben al Señor por su misericordia y por las maravillas que hace con los hombres, vino por nosotros. Es maravilloso el amor de un Dios que busca, e incomparable la dignidad del hombre buscado. Por mucho que presuma de esto, no incurrirá en insensatez, porque no se cree señor de sí mismo. Todo su valor procede de quien lo hizo. Todas las riquezas, toda la gloria de mundo, cuanto arrastra el deseo del hombre, es inferior a este orgullo; ni siquiera se le puede comparar. Señor, ¿qué es el hombre para que lo enaltezcas, para que pongas en él tu corazón? Con todo, quisiera saber qué motivaciones le mueven a venir hasta nosotros o por qué, más bien, no hemos ido nosotros hacia él. Nosotros éramos los necesitados. Y no es costumbre que los ricos se acerquen a los pobres ni en el caso de querer beneficiarlos. Lo más razonable, hermanos, era que nosotros fuéramos a él. Pero tropezábamos con un doble impedimento. Nuestra vista era muy débil. Y él habita en una luz inaccesible, mientras que nosotros, postrados y paralíticas en el catre, no podíamos alcanzar tanta sublimidad. Por este motivo, el Salvador, todo bondad y médico de las almas, bajó de su altura, y su claridad alivió los ojos enfermos. A ese cuerpo que tomó glorioso y purificado de toda mancha, lo vistió de cierto resplandor. Es aquella nube ligerisima y resplandeciente en la que montaría el Señor, según predicción del Profeta, para bajar a Egipto. Ya es hora de considerar el tiempo en que llega el Salvador. Llega, sí, y creemos que no os pasa desapercibido; pero no al principio ni en el fluir del tiempo, sino al fin. Y no aconteció a la ligera. Hay que pensar que la sabiduría lo dispone todo con acierto; en las circunstancias más necesarias, nos brinda su ayuda, y sabía muy bien que somos hijos de Adán, propensos a la ingratitud. Ya atardecía y el día iba de caída; se estaba poniendo ya el sol de justicia, y su resplandor y calor se apagaban en la tierra. La luz del conocimiento divino era muy tenue; y, al crecer la maldad, se enfriaba el fervor de la caridad. Ya no se dejaba ver el ángel, ni hablaba el profeta; habían claudicado, como vencidos por la desesperación, ante la dureza y obstinación de los hombres. Pero yo, exclama el Hijo, dije entonces: "Voy". Así, así: Un silencio sereno lo envolvía todo; y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa, Señor, viene desde el trono real. El Apóstol lo intuyó y exclamó: Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo. La plenitud y la abundancia de las cosas temporales había acarreado el olvido y la indigencia de las realidades eternas. Llegó oportuna la eternidad, precisamente cuando dominaba lo temporal. Por citar sólo un detalle, la misma paz temporal fue tan extraordinaria en aquel tiempo, que el decreto de un hombre repercutió en todo el mundo. Ya tenéis a la persona que llega; dos lugares, el de origen y el de destino. No desconocéis tampoco la causa ni el tiempo. Sólo queda una cosa: el camino por donde viene. Y lo hemos de buscar con suma diligencia, pues vale la pena salir a su encuentro. Si para realizar la salvación en la tierra vino una sola vez en carne visible, para salvar cada alma viene cada día en espíritu e invisible, como está escrito: El Espíritu que está delante de nosotros es Cristo el Señor. Y para que sepas que esta llegada espiritual es imperceptible, continúa: A su sombra viviremos entre los pueblos. Y si el enfermo no puede salir muy lejos al encuentro de tan excelente médico, intente, al menos, alzar la cabeza y erguirse un poco hacia el que viene. No tienes que cruzar los mares. No necesitas atravesar las nubes ni pasar los Alpes. Ni te señalan un camino muy largo. Sal tú mismo al encuentro de tu Dios. A tu alcance está la Palabra; la tienes en tus labios y en tu corazón. Entrégate a la compunción del corazón y la confesión de tus labios. De este modo saldrás del basurero de tu miserable conciencia, porque es indigno que entre allí el autor de la pureza. Todo esto queríamos decir sobre esta venida; por el se digna esclarecer con su poder invisible las inteligencias de cada uno de nosotros. Examinemos ahora el camino de su venida invisible, porque sus caminos son agradables, y sus sendas tranquilas. Dice la esposa: Vedle llegar saltando entre los montes, brincando por los collados. Mira, hermosa, al que llega. Antes reposaba y no lo podías ver. Has dicho: Avísame, amor de mi alma, dónde pastoreas, dónde reposas. Su reposo apacienta a los ángeles en aquellas regiones eternas. Los sacia con la visión eterna e inmutable. Pero no te ignores, hermosa, porque esa visión está fuera de tu alcance; es tan sublime que no la abarcas. Ha salido de su santa morada, el que con su reposo apacienta a los ángeles, ya ha comenzado a actuar y nos sanará. Y si antes, reposando y apacentando, era invisible, en adelante se le verá venir apacentando. Vedle venir saltando sobre los montes, brincando por los collados. Montes y collados son los patriarcas y los profetas. Lee el pasaje de las genealogías y fíjate cómo vino saltando y brincando: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc. En estos montes brotó, como verás, la raíz de Jesé. De ella, según el profeta, salió una vara, y de la vara brotó una flor. Y el Espíritu septiforme se posó sobre la flor. Esto lo ha manifestado con mayor claridad el mismo profeta en otro pasaje: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se llamará Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros. Primero lo llama flor y después Emmanuel. Y a la que había llamado vara, de manera aún más clara la denomina virgen. Pero es preciso que nos reservemos para otro día la consideración de este sacramento. Vale la pena ocuparse de este asunto en otro sermón. Este de hoy ya ha sido lo suficientemente largo.