#MeditarEnAdviento Tres cosas muy útiles



Si celebramos con devoción la venida del Señor, hacemos lo que debemos, pues no sólo viene a nosotros, sino para nosotros. Él no necesita de nosotros. La misma grandeza de su dignación pone de manifiesto la enormidad de nuestra indigencia. El riesgo de la enfermedad se conoce por el valor de la medicina, como la gama de los achaques por la variedad de los remedios. ¿Qué sentir tendrían las distintas gracias si no se diese ninguna diferencia en las necesidades?
Es muy difícil expresar en un sermón la gama de indigencias que nos achacan. Pero pueden reducirse a tres raíces comunes y en cierta manera principales. Ninguno de nosotros puede prescindir de consejo, de ayuda y de protección. Es general en toda la raza humana esta triple miseria. Y cuantos vivimos en la región de la sombra de muerte, en la debilidad del cuerpo, en el lugar de la tentación, si nos fijamos con atención, arrastramos miserablemente esta triple molestia. Porque nos dejamos seducir con facilidad; somos débiles en las obras y frágiles para resistir. Nos falta agudeza de discernimiento entre el bien y el mal y nos engañamos. Si procuramos hacer el bien, desfallecemos. Si intentamos resistir al mal, caemos y nos rendimos.
Por esto necesitamos la venida del Salvador. Es imprescindible, para hombres así embargados, la presencia de Cristo. Y ¡ojalá venga con tan infinita condescendencia, que more en nosotros por la fe e ilumine nuestra ceguera! Permanezca con nosotros y ayude a nuestra debilidad y que su fuerza proteja y defienda nuestra fragilidad.
Si él está en nosotros, ¿quién nos podrá engañar? Si él está con nosotros, ¿qué no será imposible con aquel que nos robustece? Si él está en favor nuestro, ¿quién estará contra nosotros? Es un fiel consejero que no puede engañarse ni engañar. Es el robusto cooperador que nunca se cansa. Es el eficaz protector que pisotea diestramente al mismo Satanás con nuestros propios pies y desbarata todas sus asechanzas. Es la sabiduría de Dios, siempre dispuesto a instruir a los ignorantes. Es la fuerza de Dios, capaz de alimentar siempre a los lánguidos y librar al que zozobra. Corramos con gran decisión, hermanos míos, hacia este único maestro. Llamemos en toda ocasión a este valiente compañero. Encomendemos nuestras almas a este fiel protector en todo combate. Vino a este mundo para vivir entre los hombres, con los hombres y en favor de los hombres; para iluminar nuestras tinieblas, suavizar nuestras penas y evitar los peligros.

San Bernardo, "Sermones de Adviento", séptimo sermón



#CantarEnAdviento El Espíritu y la Novia dicen ¡ven!


Mira el río de agua de vida,
brillante como el cristal,
mira que brota del trono de Dios
y del Cordero,
y a cada lado del río
crecen árboles llenos de vida.

Ven, Señor, ven, Señor,
ven, Señor Jesús,
Ven, Señor, ven, Señor,
ven, Señor Jesús,
ven pronto, 
ven, Señor, ven, Señor, 
ven, Señor Jesús,
Ven pronto,
ven, Señor, ven, Señor, 
ven, Señor Jesús, 
ven pronto,
Ven pronto.

El Espíritu y la Novia dicen "ven".
Y que todo el que escuche diga "ven".
Y si alguno tiene sed, que beba
del agua de la vida
que el Señor gratuitamente le dará.

"Yo soy el Alfa y soy la Omega,
To soy el principio y fin,
mira que vengo muy pronto ya",
dice el Señor.
"Dichosos todos aquellos
que guardan mis palabras".

El Espíritu y la Novia dicen "ven".
Y que todo el que escuche diga "ven".
Y si alguno tiene sed, que beba
del agua de la vida
que el Señor gratuitamente le dará.


Letra y música: Federico Carranza - Jesed







#FiguradelBeléndehoy sábado 3 de diciembre de 2016

Faltan 22 días para Navidad. ¡Armemos un belén espiritual!
#FiguradelBeléndehoy Hacer un buen examen de conciencia

#PoesíaEnAdviento Trance


¿Podré sobrellevar ese trance en silencio,

si me sé la elegida sobre generaciones
entre tanta princesa de la real estirpe?
Serán mi ajuar las castas oraciones de niña;
mis arras una vara florecida de nardo.
Ahora que sé el misterio y prosigo doncella
en tanto que en mi vientre se cumple su palabra,
escucho a mi Señor y mi Señor me escucha.

María Victoria Atencia




#MeditarEnAdviento Jesús hizo cuanto pudo y todo lo sufrió por nosotros

¡Oh Jesús mío! si por mi amor abrazasteis vida penosa y muerte amarga, bien puedo decir que vuestra muerte es mía, que míos son vuestros dolores, míos vuestros meritos, mío Vos mismo, ya que por mi os entregasteis a tanta suerte de padecimientos.
¡Ah Jesús mío!, la pena que más me aflige es pensar en el tiempo en que erais mío, habiéndoos yo luego perdido tantas veces voluntariamente. Perdonadme, unidme a Vos y no permitáis que os tenga que perder en adelante. Os amo con toda mi alma. Vos deseáis ser todo mío y yo quiero ser todo vuestro.
Por ser el Hijo de Dios, Dios verdadero, es infinitamente dichoso, y, con todo, tanto hizo y padeció por el hombre, que, según Santo Tomas, se diría no podía ser feliz sin el hombre. Si Jesucristo hubiera tenido que conquistarse en la tierra su propia felicidad, ¿qué más hubiera podido hacer que cargar con todas nuestras debilidades, sufrir todas nuestras enfermedades y acabar la vida con muerte tan dura e infame? Pero no: El era inocente, era santo, era feliz por sí mismo, y cuanto hizo y padeció fue para obtenernos la gracia de Dios y el paraíso, que habíamos perdido.
¡Desgraciado quien no os ama, Jesús mío, ni vive enamorado de tan excelsa bondad!
Si Jesucristo nos hubiera permitido pedirle las mayores pruebas de su amor, ¿quién jamás hubiera osado pedirle se hiciera hombre como nosotros, abrazase nuestras miserias hasta troncarse en el más pobre, en el mas despreciado, en el mas maltratado de todos los hombres; hasta morir a puros tormentos en infame leño, maldito y abandonado de todo el mundo, hasta de su Padre Dios? Pero lo que nosotros no hubiéramos ni osado pensar, El lo pensó y ejecuto.
Amado Redentor mío, alcanzadme la gracia que con vuestra muerte me merecisteis. Os amo y me arrepiento de haberos ofendido; tomad mi alma, que no quiero la posea mas el demonio, sino vVos, que la comprasteis con vuestra sangre. Vos solo amáis y a Vos solo quiero amar. Libradme del castigo de vivir sin vuestro amor y después castigadme como os plazca.- María, Refugio mío, en la muerte de Jesús y en vuestra intercesión cifro mis esperanzas.

San Alfonso María de Ligorio, "Meditaciones fe Adviento" (Meditación 5)



#MeditarEnAdviento Las tres venidas y la resurrección de los cuerpos



Hermanos, no quiero que ignoréis el tiempo de vuestra visita, ni el objeto de esta visita que ahora recibís. Es la oportunidad de las almas, no de los cuerpos. Porque, siendo el alma mucho más noble que el cuerpo, precisa de un cuidado superior por su dignidad natural. Además tiene que ser curada en primera instancia, porque fue la primera en caer; y, una vez envuelta en la culpa, también corrompió al cuerpo en la pena.
Además, si queremos ser miembros de Cristo, debemos seguir sin titubeos a nuestra Cabeza. Y la primera actitud que debemos adoptar es la preocupación del alma. El vino por causa de ella y trató de curar su corrupción. Dejemos el cuidado del cuerpo para entonces, para el día en que vendrá a transformarlo, como escribe el Apóstol: Aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, que transformará la bajeza de nuestro cuerpo, reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo. Juan el Bautista, el heraldo del Señor en la primera venida, exclama: Ved al Cordero de Dios; ved al que quita el pecado del mundo. No habla de las enfermedades corporales, de los achaques físicos. Alude al pecado, en cuanto enfermedad del alma y corrupción del espíritu. Ved al que quita el pecado del mundo. Mas ¿de dónde le quita en concreto? De la mano, del ojo, del cuello; en una palabra, del cuerpo entero, en el que estaba profundamente enraizado.
Quita el pecado de las manos borrando las culpas cometidas. Lo quita del ojo purificando las intenciones del corazón. Lo quita del cuello disipando la violencia opresora, como está escrito: Quebraste la vara del opresor como en el día de Madián. Y se pudrirá el yugo en presencia del aceite. El Apóstol se explica, escribiendo: Para que no reine más el pecado en vuestro cuerpo mortal. Y, en otra parte, el mismo apóstol escribe: Veo que nada bueno hay en mí, esto es, en la debilidad de mi carne. Y más adelante:¡Desgraciado de mí hombre que soy! ¿Quién me librará del cuerpo en la debilidad de mi carne? Presentía que nunca iba a ser liberado de esa raíz pésima, clavada en la debilidad de la carne por la ley del pecado, que domina nuestros miembros hasta tanto que no se corten las amarras del mismo cuerpo. Anhelaba consumirse y estar con Cristo, porque experimentaba el pecado, que nos separa de Dios, y que no puede ser completamente arrancado hasta que nos veamos libres del cuerpo.
Recordad a aquel hombre a quien el Señor lo curó de su posesión diabólica y cómo el demonio lo golpeaba y desgarraba antes de salir de él. Lo mismo os digo. Esa especie de pecado que con tanta frecuencia nos inquieta -me refiero a las concupiscencias y a los bajos instintos- debemos reprimirlo. Y es posible por la gracia de Dios, para que así no reine nunca en nosotros, ni hagamos de nuestros miembros armas para la iniquidad. De este modo no pesará condena alguna sobre quienes viven en Cristo Jesús. Con todo, el pecado no se expele más que con la muerte, con nuestro desgarramiento, en la separación del alma y el cuerpo.
Ya sabes para qué ha venido Cristo y a quién tiene que mirar el cristiano. Por eso, evita,¡oh cuerpo!, quemar etapas. Podrías obstaculizar la salvación del alma, y malograr por ello la tuya propia. Todo tiene su tiempo. Procura que el alma trabaje ahora para sí mismo. Incluso trabaja tú mismo con ella, pues si compartimos sus sufrimientos, compartiremos su gloria. En la medida en que impidas su restauración, impedirás la tuya. No podrás ser totalmente lo que eres hasta que Dios no vea en tu alma su propia imagen restaurada. Tienes un esclarecido huésped,¡oh carne!, excelente sobremanera toda tu salvación depende de la suya propia. Rinde honor a huésped tan insigne. Tu vives en tu región, pero el alma es una peregrina y exiliada que se hospeda en ti.
Dime, si un noble poderoso señor quisiera alojarse en casa de un aldeano, éste, ¿no se acomodaría con gusto en un rincón, debajo de la escalera, e incluso sobre las mismas cenizas, con tal de ceder a su huésped el lugar más digno conforme a su rango? En consecuencia, haz tú lo mismo. No tengas en cuenta injurias ni molestias. Fíjate sólo en que tu huésped pueda alojarse en tu casa como se merece. El dolor que ahora soportes por él, te honrará.
No desprecies ni desestimes a tu huésped por ser peregrino y extranjero. Fíjate con suma atención en todo lo que te beneficia su presencia. Es él quien proporciona a los ojos y oídos la capacidad de ver y oír; da voz a la lengua, gusto al paladar, movimiento a todos los miembros. Todo lo que en ti percibes de vida, de sensibilidad y de nobleza, reconócelo como puro beneficio de este huésped. Como último argumento, su separación demuestra cuánto nos favorece su presencia. En cuanto el alma se separa, la lengua enmudece, los ojos se entenebrecen, los oídos se cierran, todo el cuerpo se queda rígido y el rostro palidece. Al poco tiempo, el cadáver se corrompe en su totalidad y hiede, y su belleza se transforma en podredumbre.
¿Por qué entonces entristeces y hieres a tal huésped con cualquier placer instantáneo, pues sin él ni siquiera serías capaz de sentir nada? Y si tantos beneficios te hace estando desterrado y expulsa o de la presencia del Señor por la actual enemistad, ¿que te dará una vez reconciliado? No pongas, ¡oh cuerpo!, impedimentos a esa reconciliación. Te redundará un peso de gloria. Con paciencia, e incluso con gusto, hazte disponible a todo. Nada dejes pasar que pueda servir a esta reconciliación. Di a tu huésped: Cuando tu Señor se acuerde de ti y te restablezca en su primitiva situación, acuérdate de mí.
Él, sin duda, se acordará de ti para tu propio bien, con tal de que le sirvas con honradez. Cuando se presente ante su Señor, e insinuará algo de ti y elogiará tu desinteresada hospitalidad con estas palabras: Encontrándose tu siervo desterrado en castigo de su culpa, me presenté pobre ante él y me acogió con mucha misericordia. Quisiera que se lo pagaras por mí, Señor mío. Arriesgó todas sus cosas. Después, incluso, se ofreció a sí mismo para que yo me aprovechara. Nunca miró por sí. Siempre estuvo a mi disposición en los ayunos incontables, en los trabajos incesantes, en las vigilias, en hambre y sed, hasta en frío y desnudez. ¿Qué acontecerá? No fallará la Escritura, que dice: Separa la voluntad de cuantos le temen y escucharás su oración.¡ojalá llegaras a gustar esta dulzura y pudieses apreciar esta gloria!
Voy a expresar cosas admirables, por otra parte muy verdaderas e indudables para los fieles. El mismo Señor de los Ejércitos, el Señor de todo poder, Rey de la gloria, bajará a transformar nuestros cuerpos, configurándolos al esplendor del suyo.¡Qué gloria!¡Qué júbilo tan inefable! El creador de todo, que en una primera venida se presentó humilde y desapercibido para santificar a las almas, ahora viene glorioso y a plena luz; no viene en la debilidad, sino en su gloria y en su majestad, para glorificarte a ti, carne miserable. Descenderá en pleno fulgor luminoso, precedido de los ángeles; éstos, al fragor de las trompetas, despertarán al pobre cuerpo sumergido en el polvo y lo arrebatarán para cortejar en los aires a Cristo.
¿Hasta cuándo, pues, esta carne miserable, fatua, ciega y totalmente embotada andará buscando consuelos pasajeros y caducos? ¿E incluso desconsuelos? ¿Exponiéndose a ser desechada y tenida por indigna de esta gloria y sufrir las terribles penas eternas? No así, hermanos míos, no así. Todo lo contrario, que nuestra alma se regocije en estas meditaciones y que nuestra misma carne descanse en paz.
Esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, que transformará nuestro cuerpo y lo configurará al resplandor del suyo. Así se expresa el Profeta: Mi alma tiene sed de ti;¡de cuántas maneras mi carne te ansía! El alma del Profeta deseaba la primera venida. En ella presentía su propia redención. Por su parte, la carne deseaba con mayor vehemencia la segunda venida y su propia glorificación. Entonces se colmarán nuestros deseos y toda la tierra se cubrirá con la majestad del Señor. El nos conceda en su misericordia esa gloria y esa paz que excede a todo conocimiento. No nos defraude en nuestra esperanza el Salvador que aguardamos, Jesucristo nuestro Señor, que es el Dios soberano, bendito por siempre.

San Bernardo, "Sermones de Adviento", sexto sermón



#CantarEnAdviento Ven, ven, Señor, no tardes



Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven, que te esperamos.
Ven, ven, Señor, no tardes.
Ven pronto, Señor.

El mundo muere de frío,
el alma perdió el calor,
los hombres no son hermanos,
el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche,
el mundo sin paz no ve,
buscando va una esperanza,
buscando, Señor, tu fe.

Al mundo le falta vida,
al mundo le falta luz,
al mundo le falta cielo,
al mundo le faltas Tú.