#PoesíaEnNavidad El Verbo se hizo carne en ti, María

El Verbo se hizo carne en ti, María,
oh tierra virginal de nuestra tierra,
Esposa del Espíritu divino,
divina Madre, Madre verdadera.

Tan solo lo asumido fue salvado;
por eso, Santa, en ti todo se encierra,
en ti, de cuya sangre el Unigénito,
tomó la raza humana toda entera.

Cuando él bajó a tu vientre y se hizo tuyo,
cuando él puso en tu nido su pureza,
cuando él vino a nosotros por tu parto,
en ti se reveló la Gloria excelsa.

¡Oh santa Madre, Virgen incorrupta,
oh puerta de la vida, Madre nuestra,
oh historia de Israel, que en ti termina,
oh Madre de Belén, que nos lo entregas!

En ti las profecías se han cumplido,
en ti todo lo humano alcanza meta,
y Dios, el Salvador, a ti desciende,
y en ti tu Creador la vida empieza.

¡Altísimo Señor, Hijo Unigénito,
nacido de mujer, la nueva Eva,
la Iglesia con María te bendice,
oh sumo bien que cielo y tierra llenas! Amén.

Fray Rufino María Grández, "Himnario de Adviento y Navidad".




#PoesíaEnNavidad Y dijo Dios y fue la suavidad

Y dijo Dios y fue la suavidad,
las manos de una madre que acaricia,
la tersa piel, el seno que alimenta,
los labios que le cubren de delicia.

María, Madre, pura de belleza,
castísima y fecunda sin mancilla,
perfume del Señor, y Tierra virgen
sembrada del Espíritu, bendita.

Es suave nuestro Dios como la paz,
bandera blanca, cálida cobija;
y si mi cuerpo toca con su mano,
mi cuerpo sana y brilla mi sonrisa.

Y todo lo ha tocado el Verbo imagen,
y en todo puso amor y maravilla;
y el mundo amado está divinizado.
y estamos ya salvados en primicia.

Porque él es nuestro, grato vecindario,
porque él está a la puerta y a la esquina,
porque él es Dios de casa, conocido,
amigo antiguo, y más y más familia.

Mi Dios de suavidad, a ti me arrimo;
a ti digo mi amor con voz sencilla;
a ti te escucho, a ti, a ti te alabo.
Mi Dios y todo, mi gloria mía. Amén.

Fray Rufino María Grández, "Himnario de Adviento y Navidad".



#PoesíaEnNavidad Por qué te amo, María

Cantar, Madre, quisiera
por qué te amo .
Por qué tu dulce nombre
me hace saltar de gozo el corazón,
y por qué el pensamiento de tu suma grandeza
a mi alma no puede inspirarle temor.
Si yo te contemplase en tu sublime gloria,
muy más brillante sola
que la gloria de todos los elegidos juntos,
no podría creer que soy tu hija,
María, en tu presencia bajaría los ojos...

Para que una hija pueda a su madre querer,
es necesario que ésta sepa llorar con ella,
que con ella comparta sus penas y dolores.
¡Oh dulce Reina mía,
cuántas y amargas lágrimas lloraste en el destierro
para ganar mi corazón, ¡oh Reina!
Meditando tu vida
tal como la describe el Evangelio,
yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti.
No me cuesta creer que soy tu hija,
cuando veo que mueres,
cuando veo que sufres
como yo.

Cuando un ángel del cielo te ofrece ser la Madre
de un Dios que ha de reinar eternamente,
veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!,
el tesoro inefable de la virginidad.
Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen,
le sea a Dios más grata
que su propia morada de los cielos.
Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,
contenga a mi Jesús, océano de amor.

Te amo cuando proclamas
que eres la siervecilla del Señor,
del Señor a quien tú con tu humildad cautivas.
Esta es la gran virtud que te hace omnipotente
y a tu corazón lleva la Santa Trinidad.
Entonces el Espíritu, Espíritu de amor,
te cubre con su sombra,
y el Hijo, igual al Padre,
se encarna en ti...
¡Muchos habrán de ser
sus hermanos
pecadores
para que se le llame: Jesús, tu primogénito!

María, tú lo sabes: como tú,
no obstante ser pequeña, poseo y tengo en mí
al todopoderoso.
Mas no me asuste mi gran debilidad,
pues todo los tesoros de la madre
son también de la hija,
y yo soy hija tuya, Madre mía querida.
¡Acaso no son mías tus virtudes
y tu amor también mío?
Así, cuando la pura y blanca Hostia
baja a mi corazón,
tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando
en ti misma, María.

Tú me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!,
que no me es imposible caminar tras tus huellas.
Nos hiciste visible
el estrecho camino que va al cielo
con la constante práctica de virtudes humildes.
Imitándote a ti,
permanecer pequeña es mi deseo,
veo cuán vanas son las riquezas terrenas.
Al verte ir presurosa a tu prima Isabel,
de ti aprendo, María,
a practicar la caridad ardiente.
En casa de Isabel escucho, de rodillas,
el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!,
que de tu corazón brota exaltado.
Me enseñas a cantar los loores divinos,
a gloriarme en Jesús, mi Salvador.
Tus palabras de amor son las místicas rosas
que envolverán en su perfume vivo
a los siglos futuros.
En ti el Omnipotente obró sus maravillas,
yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.
A san José, que ignora
el milagro asombroso
que en tu humildad quisieras ocultar,
tú le dejas llorar cerca del tabernáculo
donde se oculta y vela
la divina beldad del Salvador.
¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio!
Es para mí un concierto muy dulce y melodioso,
que canta a mis oídos la grandeza,
y hasta la omnipotencia,
de un alma que su auxilio sólo del cielo espera...

Luego, en Belén, os veo, ¡oh María y José!,
rechazados por todos.
Nadie quiere acoger en su posada
a dos pobres y humildes forasteros.
¡Sólo para los grandes tienen sitio...!
Y en un establo mísero, rudo y destartalado,
tiene que dar a luz la Reina de los cielos
a su Hijo Dios.
¡Madre del Salvador,
qué amable me pareces, qué grande me pareces
en tan pobre lugar!

Cuando veo al Eterno envuelto en los pañales
y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,
¿podría yo, María, en ese instante,
envidiar a los ángeles?
¡Su Señor adorable es mi hermano querido!
¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra ribera
abres para nosotros esa divina Flor!
¡Cómo te amo, Virgen, cuando escuchas
a los simples pastores, y a los magos,
y guardas y meditas todo eso
dentro del corazón!

Te amo cuando te mezclas con las demás mujeres
que dirigen sus pasos al templo del Señor.
Te amo cuando presentas al Niño que nos salva
al venerable anciano que le toma en sus brazos.
Al principio yo escucho sonriendo
su cántico, mas pronto sus acentos
hacen correr mis lágrimas.
Hundiendo en el futuro su mirada profética,
Simeón te presenta la espada del dolor.

¡Oh Reina de los mártires, la espada dolorosa
traspasará tu pecho
hasta la tarde misma de tu vida!
Ya te ves obligada
a abandonar el suelo de tu patria
por escapar, huyendo,
del furor sanguinario de un envidioso rey.
Jesús duerme tranquilo
bajo los suaves pliegues de tu velo
cuando José te advierte que hay que partir aprisa.
Y es pronto tu obediencia:
tú partes sin demora y sin razonamientos.

En la tierra de Egipto, me parece, ¡oh María!,
que, a pesar de vivir en la suma pobreza,
lleno de gozo y paz vive tu corazón.
¿Qué te importa el destierro? ¿No es, acaso, Jesús
la patria de las patrias, la más bella?
Poseyéndole a él, tú posees el cielo.
Mas en Jerusalén, una amarga tristeza
te envuelve y, como un mar, tu corazón inunda.
Por tres días Jesús se esconde a tu ternura,
y entonces sí, sobre tu vida cae
un oscuro, implacable, riguroso destierro.

Por fin logras hallarle, y al tenerle,
rompe tu corazón en transporte amoroso.
Y le dices al Niño, encanto de doctores:
«Hijo mío, ¿por qué has obrado así?
Tu padre y yo, con lágrimas, te estábamos buscando».
Y el Niño Dios responde, ¡oh profundo misterio!,
a la Madre querida que hacia él tiende los brazos:
«¿A qué buscarme, Madre? ¿No sabías, acaso,
que en las cosas que son del Padre mío
he de ocuparme ya?»

Me enseña el Evangelio que sumiso
a María y José permanece Jesús,
mientras crece en sabiduría.
¡Y el corazón me dice
con qué inmensa ternura a sus padre queridos
él obedece siempre!
Ahora es cuando comprendo el misterio del templo,
las palabras ocultas del amable Rey mío:
Tu dulce Niño, Madre,
quieres que seas tú el ejemplo vivo
del alma que le busca
a oscuras, en la noche de la fe.

Puesto que el Rey del cielo quiso ver a su Madre
sometida a la noche,
sometida a la angustia
del corazón,
¿será, acaso, merced sufrir aquí en la tierra?
¡Oh, sí...! ¡Sufrir amando es la dicha más pura!
Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
dile que por mí nunca se moleste.
Puede, si a bien lo tiene, esconderse de mí,
me resigno a esperarle
hasta que llegue el día sin ocaso
en el que para siempre se apagará mi fe...

Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia,
viviste pobremente sin ambición de más.
Ni éxtasis ni raptos ni milagros
tu vida hermosearon, ¡Reina de los electos!
Muchos son en la tierra los pequeños,
y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti los ojos.
Por el común camino, oh Madre incomparable,
caminas tú, guiándonos al cielo!

Vivir contigo quiero, Madre amada,
a la espera del cielo,
seguirte en el destierro día a día.
En tu contemplación yo me hundo absorta,
y de tu inmenso corazón descubro
los abismos de amor.
Tu maternal mirada desvanece mis miedos,
y m enseña a llorar, y me enseña a reír.
Lejos de despreciar las fiestas de la tierra,
las fiestas que son santas,
tú, Madre, las comparte y bendices.

Al ver que los esposos de Caná
no pueden ocultar al gran apuro
en que se encuentran por faltarles vino,
con maternal solicitud acudes
al Salvador, tu Hijo,
de su poder divino esperando la ayuda.
Jesús parece rechazar tu súplica
en un primer momento:
«Mujer, ¿qué nos importa esto a ti y a mí?»
Mas de su corazón allá en el fondo
madre suya te llama,
y para ti y por ti Jesús realiza
su milagro primero.

Te veo un día, Madre, en la colina,
entre los pecadores que escuchan la palabra
de aquel que más nadie
desea recibirles a todos en el cielo.
Alguien dice a Jesús que quieres verle.
Entonces él, Hijo divino tuyo, ante la gente
muestra lo inmensamente que nos ama:
«¿Quién es mi hermano -dice-, quién mi hermana,
y mi madre quién es, sino el que cumple
mi voluntad en todo?»

Al escucharle, tú, Virgen inmaculada,
¡oh Madre, la más tierna!,
no te entristeces, antes bien te alegras
de que nos haga comprender entonces
que aquí abajo, en la tierra, nuestra alma
se hace familia suya.
¡Oh, sí, te alegras, Virgen, de que él nos dé su vida,
el tesoro infinito de su divinidad!
¿Cómo no amarte y bendecirte, viendo
en ti tanto amor, tanta humildad?

Tú nos amas, María, como Jesús nos ama,
por nosotros aceptas verte alejada de él.
Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo:
quisiste demostrarlo quedando con nosotros
como fuerte y visible ayuda nuestra.
¡Conocía Jesús tus íntimos secretos
y la inmensa ternura
de tu divino corazón de madre!
Te nos dejó a nosotros,
como refugio fiel de pecadores,
cuando, para esperarnos en el cielo,
abandonó la cruz.

Te me apareces, Virgen,
en la sombría cumbre del Calvario,
de pie junto a la cruz,
igual que un sacerdote en el altar,
ofreciendo tu Víctima,
tu Jesús amadísimo,
nuestro dulce Emmanuel,
para desenfadar la justicia del Padre.
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!:
«¡No hay dolor semejante a tu dolor!»
¡Oh Reina de los mártires, quedando en el destierro,
prodigas por nosotros
toda la sangre de tu corazón!

La casa de san Juan se hace tu único asilo,
de Zebedeo el hijo reemplaza a tu Jesús...
Y es éste ya el último detalle
que nos da el Evangelio,
de la Virgen María no vuelve ya a hablar más.
Pero, Madre querida, su silencio profundo
¿acaso no revela
que el Verbo eterno -él mismo- cantar quiere
de tu vida los íntimos secretos,
para gozosa gloria de tus hijos,
los santos moradores de la patria del cielo?

Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía,
iré muy pronto a verte en el hermoso cielo.
Tú que viniste a sonreírme, Madre,
en la suave mañana de mi vida,
ven otra vez a sonreírme ahora...
pues ha llegado ya de mi vida la tarde.
No temo el resplandor de tu gloria suprema,
he sufrido contigo,
y ahora quiero
cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo
¡y repetir por siempre y para siempre
que yo soy hija tuya...!
La pequeña Teresa...

Santa Teresa del Niño Jesús





#PoesíaEnNavidad La Niña a quien dijo el Ángel


La Niña a quien dijo el Ángel

que estaba de gracia llena,
cuando de ser de Dios madre
le trajo tan altas nuevas,
ya le mira en un pesebre,
llorando lágrimas tiernas,
que obligándose a ser hombre,
también se obliga a sus penas.
¿Qué tenéis, dulce Jesús?,
le dice la Niña bella;
¿tan presto sentís mis ojos
el dolor de mi pobreza?
Yo no tengo otros palacios
en que recibiros pueda,
sino mis brazos y pechos,
que os regalan y sustentan.
No puedo más, amor mío,
porque si yo más pudiera,
vos sabéis que vuestros cielos
envidiaran mi riqueza.
El niño recién nacido
no mueve la pura lengua,
aunque es la sabiduría
de su eterno Padre inmensa.
Mas revelándole al alma
de la Virgen la respuesta,
cubrió de sueño en sus brazos
blandamente sus estrellas.
Ella entonces desatando
la voz regalada y tierna,
así tuvo a su armonía
la de los cielos suspensa.
Pues andáis en las palmas,
Ángeles santos,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto.
No le hagáis ruido,
corred más paso,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
El niño divino,
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegar quiere un poco
del tierno llanto,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.
Rigurosos yelos
le están cercando,
ya veis que no tengo
con qué guardarlo.
Ángeles divinos
que vais volando,
que se duerme mi niño,
tened los ramos.

Lope de Vega 





#MeditarEnNavidad En la circuncisión del Señor

Sobre la lección del Evangelio: Después que se cumplieron los ocho dias para haber de circuncidarse el Niño y se llamó su nombre Jesús. Luc. 2.21.

Tenemos oídas en pocas palabras declaradas en el gran,Sacramento de la piedad de Dios: hemos oido una lección congruente al Verbo abrebiado, que el Señor hizo sobre la tierra. Pues abrebiado en la carne, se abrebia mas recibiendo la circuncisión, de la carne. Haciéndose un poco inferior á los Angeles el Hijo de Dios , tomo la humana naturaleza,; pero ya ni desechando el remedio mismo de la corrupción humana ciertamente , se hace inferior á los Angeles mucho mas. Tienes pues aqui un grande misterio dé la fé : tienes también un exemplo grande de humildad. ¿Qué necesidad hay de circuncisión , Señor , en vos que ni habéis cometido pecado , ni le habéis contraído? Que vos mismo no le hayáis cometido, la misma edad lo manifiesta; que no le hayáis contraído,, mucho mas ciertamente lo prueba la divinidad de vuestro Padre , la integridad de vuestra Madre. Sumo Sacerdote sois, de quien en la ley está mas bien prophetizado que mandado, que ni por el Padre, ni por la Madre pueda contraer alguna impureza. Padre tenéis desde toda la eternidad, pero es Dios, en quien no cae pecado. Tenéis Madre también en el tiempo, pero es Virgen, ni pudo la incorrupción parir la corrupción. Sin embargo de todo esto , es circuncidado el Niño; el cordero sin mancha , aunque no lo necesitó , quiso ser circuncidado ; el que no tenia vestigio, ni señal de herida , no rehusó la venda de los heridos. No lo hacen así los impíos, no lo hacen así; no lo hace asi la perversidad de la soberbia humana; que tiene vergüenza de los remedios , gloriándose á veces de las llagas de sus delitos. Aquel á quien nadie puede argüir de pecado , recibió , sin tener necesidad alguna , un remedio del pecado, vergonzoso y duro al mismo tiempo: ni se retiró del cuchillo de piedra aquel Señor, en quien solo no habia que raer el orin antiguo de la culpa. Nosotros por el contrario , desvergonzados para la torpeza de la culpa, somos muy vergonzosos para la medicina de la penitencia con una fatuidad extrema . Somos inclinados á las heridas , y peores en ser tan vergonzosos para la cura de ellas» El que no cometió pecado, no se desdeñó de parecer pecador; nosotros lo queremos ser , y no queremos parecerlo. ¿Es por ventura necesaria la medicina al sano, y no á los enfermos? Ornas bien ¿no debe curarse el enfermo , y debe curarse el médico? ¿Quién de los hombres que conociera en sí, no diré tanta gloria, sino á lo menos tanta inocencia admitiría con igualdad de ánimo la mano del circuncidante? Mas Chrjsto con toda la paciencia pagó lo que no había robado, aunque habia venido á hacer la purgación de los delitos, no á recibirla. Pero dirás acaso: ¿qué mucho que un párvulo la recibiese? Mas bien podías decir: ¿qué mucho la recibiese el humilde y manso? ¿Qué mucho que enmudeciese delante de quien le circuncidaba , el que delante de quien le esquilaba enmudeció» delante de quien le crucificaba calló? Si su humildad y mansedumbre no fuera la causa , no le era dificultoso conservar entera su carne , impidiendo que fuese cortada, al que habia hecho, que la puerta del vientre virginal no fuese abierta en su salida. No era difícil al párvulo estorvar, que su cuerpo fuese circuncidado, quando ni muerto le fué difícil conservarle libre de la corrupción.
Después que se cumplieron los ocho días para haber de circuncidarse el Niño , se llamo su nombre Jesús. ¡Grande y admirabte misterio! Es circuncidado el Niño , y se llama Jesús. ¿Pues qué conexión hay éntre estas dos cosas? La circuncisión sin duda mas propia parece de quien necesita salvarse ,que de quien es Salvador, y mas bien corresponde al que es Salvador circuncidar, que ser circuncidado. Pero reconoce en esto, como el mediador de Dios y de los hombres desde el principio de su nacimiento junta las cosas humanas á las divinas, las ínfimas á las supremas. Nace de una muger, pero muger á quien de tal suerte se la dá el fruto de la fecundidad , que no pierde la flor de su virginidad: es envuelto en unos pañales, pero los mismos pañales son honrados con las alabanzas de los Angeles : es ocultado en un pesebre,pero es manifestado brillando una, estrella del Cielo. A este modo también la circuncisión prueba la verdad de la carne , que há tomado: y el nombre que es sobre todo nombre , manifiesta la gloria de la Magestad. Es circuncidado , como verdadero hijo de Abrahan: se llama Jesús, como verdadero Hijo de Dio. Ni lleva este mi Jesús,al modo de los otros que precedieron , un nombre vacío é inútil : no hay en él la sombra precisamente de un nombre grande, sino la verdad : porque testifica el Evangelista, que se le puso desde el Cielo: Como fué llamado por el Angel antes que fuese concebido en el vientre. Y atiende con cuidado la profundidad de esta expresión. Después que nació, es llamado Jesús por los hombres, con cuyo nombre fué llamado por el Angel, antes que fuese concebido en el vientre; porque él mismo es Salvador del Angel y del hombre; pero del hombre desde la encarnación , del Angel desde el principio del mundo.
Se llamba su nombre Jesús, dice , como fue llamado por el Angel. Con el dicho de dos ó tres testigos se hace firme toda palabra; y la misma que en el Propheta se lee abrebiada, mas claramente se lee en el Evangelio hecha carne. A nosotros , Hermanos mios, á nosotros pertenece esta doctrina. Christo no necesitaba del testimonio del Angel, ni del hombre; pero, como está escrito: Todas las cosas son por los escogidos. Por tanto hemos de buscar nosotros testimonios de nuestra vida; no parezca, que hemos tomado en vano el nombre de Dios. Es necesario, Hermanos mios, que también nosotros seamos circuncidados , y recibamos de este modo el nombre de salud; debiendo ser nuestra circuncisión, no según la letra, sino según el espíritu: no precisamente en un miembro, sino en todo el cuerpo juntamente. Porque aunque reyne mas en la parte en que se mandó á los Judíos la circuncisión, la añadidura de Leviachan que viene del pecado y se debe corear; ocupa con todo eso el cuerpo todo. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay parte sana en nosotros: no hay cosa alguna que no e^té dañada de este veneno. Por eso aquel pueblo, como párvulo todavía en la fé y en el amor , recibió un mandato proporcionado á sus fuerzas de una circuncisión pequeña: luego que
creció hasta ser varón mas perfecto, se le manda bautizarse en todo el cuerpo; lo qual es una entera circuncisión de todo el hombre. De aquí es, que nuestro Salvador se dignó ser circuncidado al octavo dia ; y después de los treinta años ser crucificado, siendo extendido con penosa violencia en la cruz todo su cuerpo: nosotros somos ingeridos en él por la semejanza de su muerte, como escribe el Apóstol , quando recibimos el bautismo; que há sido lo que últimamente se nos mandó observar.
¿En qué consiste pues nuestra espiritual circuncisión , sino en lo que nos encarga el mismo Apóstol: Teniendo el sustento y vestido, estemos contentos con eso? ¡Qué bien por todos modos nos circuncida y corta todo lo superfluo la pobreza voluntaria, el trabajo de la penitencia , la observancia de la regular disciplina! Pero en esta mis apreciaciones sobre la circuncisión nos conviene buscar tres testimonios de nuestra salud, del Angel, de Mária , y de Joseph. Es menester, repito , que ante todas nuestras cosas el Angel del gran consejo nos ponga el nombre de salud. Después también , nos es necesaria de la cotidiana atestación de toda la congregación, que es co- mo Madre de cada uno: Madre, digo, Virgen, de la que como aquella que prometió el Apóstol presentar y del Virgen casta al único Esposo que es Jcsu Christo. Prelado.
Las cosas exteriores son testigo de lo que pasa en nuestro corazón. Aquel cuya conducta es grata á todos y á ninguno gravosa, hallará un ventajoso testimonio de su propia salud en toda la congregación. En valde ciertamente pretenderá hacerle causa sobre sus acciones exteriores aquel pésimo acusador de sus hermanos á quien escusa , y aprueba la comunidad , en que vive. Conseguirá también un favorable testimonio de los Prelados el que , así los pecados de su vida en el siglo, como las negligencias del tiempo presente se los manifiesta por medio de una humilde y sincera confesión , para que los juzguen , y procura satisfacer por ellos á su arbitrio. En esto tampoco se podrá temer la acusación del maligno, porque no juzgará el Señor dos veces una misma cosa. Mas acaso intentará el enemigo acriminar la intención , y querrá fundar la calumnia en las cosas de su interior, en que ni el testimonio de sus hermanos, ni de su padre espiritual. Por eso es necesario, que en esta parte nos patrocine el testigo interno , que mira mas al corazón que al semblante ; por el qual á la verdad debe comenzarse, para que nada sea concebido en el ánimo, aunque haya recibido de él el nombre de salud. Mis en quanto pertenece á las obras y acciones manifiestas, conviene conciliarse también los exteriores testimonios , como dice el Apóstol: Procuremos hacer lo bueno con tanta circunspección, que sea aprobado, no solamente de Dios, sin» también de los hombres.


San Bernardo



#CantarEnNavidad La canción del carpintero


Mientras te acuno en mis brazos, 
entre lágrimas de amor,
es que a veces no comprendo 
este pobre corazón.
Y pensar que había pensado 
abandonarla en secreto,
de no hacer sido por el Ángel 
y de lo que dijo en aquel sueño.
Si todavía me cuesta creer 
que se haya fijado en mí el cielo,
espero sepas comprenderme,
yo solo soy un pobre carpintero.
Aquí cuidando de tu madre 
y contigo aquí en mis brazos,
soy más feliz que el hombre más feliz 
que la Tierra haya pisado.
Pero está tan fría esta noche,
estamos tan lejos de casa.
Ay, Dios, qué raros son tus planes, 
dije a la noche estrellada
Hubiera querido darte un palacio 
y no este agujero,
pero, Tú sabes, no hay lugar 
para el hijo del carpintero.
Y te cantaré canciones 
de nuestro pueblo y su cansancio,
inclinado ante la cuna 
que haré con mis propias manos.
Cuando crezcas cada noche 
te contaré historias de sembradores,
de semillas, de tierra fértil, 
de ovejas perdidas y de pastores,
de un hombre que encontró un tesoro 
y por él lo dejó todo
y así sabrás cuánto te quiero 
y que aquel que hombre es este carpintero.
Y te veré crecer despacio 
en cada primavera,
te hablaré de nuestro Dios, 
te enseñaré lo que pueda.
Éste es el hombre que soy, 
eso es todo lo que puedo darte.
No tengo oro ni plata, 
solo un corazón para amarte.
El que solo entiende 
de clavos y madera
y que por Ti daría...
daría su vida entera
Es que por Ti daría 
mi vida entera.


Intérprete: Daniel Poli









#CantarEnNavidad La Familia Sagrada


En un rincón 
del establo más pobre en Belén,
una madre que arrulla a un bebé
con un canto de adoración,
admirada de poder tener
en sus brazos a su Salvador.

Duerme, Jesús,
que la aurora ya llega a Belén,
una estrella te viene a alumbrar
para que todos te puedan ver,
duerme ya, mi Jesús, Emmanuel,
mi tesoro y mi Salvador.

Mira, José, 
que pequeños sus manos y pies,
y penar que es el Rey de Israel,
el caudillo que vino a salvar
a su pueblo de la oscuridad.
Este Niño es mi Dios y mi Rey.

Y así siguió
arrullando María a Jesús,
acunando en sus brazos a Dios.
Y José conmovido también
se asombra de poder formar
la Familia Sagrada con Él.



Intérprete: Jesed