Virgen–Madre del Hijo y de los hijos,
dichosa por alcores y por valles,
con premura de Amor que nadie aún sabe.
Guía andariega y del alba posada,
templo de nuestro Dios anonadado,
dichosa por alcores y por valles,
con premura de Amor que nadie aún sabe.
Tú en las quebradas y ásperos caminos,
Tú entrañable nidal de la Palabra,
brisa del mar que vuela a los collados:
¡Oh Madre del Amor desconocido!
(soñábamos con pompas imperiales,
y Tú en silente soledad corrías
como esclava de Dios y de los hombres.)
Esperándote hay nieve en los almendros
y violetas que adornan los veriles;
te aplauden las mimosas estrelladas,
despliega sus aromas el espliego
y alegra la retama los barrancos:
por ti, ya abril muy pronto ha madrugado,
que en premio el Padre–Dios así lo quiso.
El coro de la mies en los umbrales,
dintel de tus pisadas ruiseñores;
y olivos cenicientos que presagian
aquel lejano huerto de dolores:
Virgen–Madre del Hijo y de los hijos,
sagrario de la Luz en los eriales,
con premura de Amor que nadie aún sabe.
Espadaña del gozo y del consuelo,
hollaste con fatiga los caminos.
Ante el Hijo abogada de los hijos,
besaste tolvaneras de pesares:
doncella venturosa, enamorada,
sanaste las heridas de los siglos,
con premura de Amor que nadie aún sabe.
Luis Ramoneda

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